El viaje iba llegando a su fin, pero aún faltaba la última parte del viaje, Tokio. Cogimos el último Shinkansen y pudimos ver el monte Fuji. Tuvimos muchísima suerte porque el día estaba muy despejado y nos llevamos ese recuerdo en la retina.

Como ya me ocurrió con Shanghái y con todas las ciudades extremadamente modernas, Tokio no fue la ciudad que más me gustó. Era algo que ya sabía de antemano. Me pareció una ciudad divertidísima, con mil planes y restaurantes pero no le encontré el encanto de los lugares más pequeños. Quizá me resulta un poco inmanejable, aunque moverse es muy sencillo. Con todo creo que es una ciudad que hay que conocer y no descarto volver algún día.

Fuimos a todos esos lugares imprescindibles: Onomotesando, Harajuku, Shibuya, Akihabara, la calle Takeshita… Los mejores planes a mi parecer, las vistas desde las alturas. Tokio tiene mil sitios para verla a vista de pájaro, pero nosotros fuimos a dos: al edificio metropolitano - cuya visita es gratuita - y al Tokio Sky tree - que es de pago pero merece muchísimo la pena. Otra de las visitas que más me gustó fue conocer el barrio de Shimokitazawa, que me pareció uno de los más bonitos y me encantó perderme por sus calles llenas de tiendas de ropa vintage y restaurantes.

Disfruté muchísimo comer ramen en Ichiran y en Itoya,  sushi en Tokyo Street en Sushi Go-Roud (que nos gustó tanto que repetimos la noche antes de irnos), los donuts de Floresta - los 20 minutos en tren merecieron la pena - y hacernos fotos en un fotomatón de Purikura.

También aprovechamos para visitar el Palacio Imperial (aunque el de Kioto es mucho más bonito y merece más la pena en mi opinión), Senso-Ji y el templo Meiji, donde dejé mi ema con mi deseo. Y creo que algo sí se cumplió porque 2019 ha empezado con un tinte diferente.

Pero sin duda, mi día favorito fue el de Tokyo Disney Sea. Quizá no es el lugar que todo el mundo visita en un viaje a Japón, pero siendo el único que existe de ese estilo y después de tanto templo me pareció el contraste perfecto.

Japón ha sido uno de los viajes de mi vida. El país que tenía tantísimas ganas de conocer, por fin he cumplido el sueño. Tres meses después, sigo sintiendo muchísima nostalgia. Es algo que solo me ha pasado con China y Marruecos. Y supongo que es por el contraste tan brutal que suponen.


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Una de las ciudades que más ganas tenía de visitar era Kioto pero no me sorprendió tanto como esperaba. Al menos no tanto como Osaka. Me ocurre en muchas ocasiones cuando tengo las expectativas excesivamente altas.

No digo que Kioto no sea una ciudad bonita, que lo es, pero creo que algunos sitios que ver en la ciudad están sobrevalorados y si repitiese el viaje aprovecharía ese tiempo en otros lugares.

Uno de los sitios que más me gustó y que sin duda merece la pena el madrugón, fue la visita guiada al Palacio Imperial. La visita es totalmente gratuita pero hay que reservar con antelación. También Ginkaku-ji, el pabellón de plata, que no está tan masificado y que dan ganas de embotellarlo para volver cuando uno tiene un mal día. O simplemente quiere escapar de la rutina de oficina y volver a escuchar los pájaros cantar, las hojas mecerse y disfrutar de la luz tan bonita que hay una mañana de octubre.

El paseo del filósofo fue uno de los momentos más bonitos del viaje. Mientras paseábamos y hacía mil fotos, me imaginé lo bonito que sería volver en primavera. Quiero vivir allí el hanami algún día. Además, guardo un recuerdo genial porque en Okonomiyaki Zen comimos el mejor okonomiyaki de nuestra vida. Allí mismo en tu plancha te lo preparaban, una maravilla. Solo lo habíamos probado una vez antes en Madrid y no nos gustó especialmente, pero el de allí… solo de pensarlo mientras escribo me da hambre.

Fuimos paseando hasta el templo budista Eikan-do-zenrin-ji. El momiji estaba empezando tímidamente. También quiero vivirlo en toda su intensidad allí algún día. ¿Estoy pidiendo demasiado?

El barrio de Gion era uno de mis imprescindibles pero solo pudimos ver a un par de maikos, saliendo rápidamente de la okiya para montarse en un taxi. Eran surrealistas, como algo que no existe de verdad, como un sueño, como chicas de otra dimensión.

Fushimi Inari fue una de mis visitas preferidas, a pesar de lo masificado que está todo.  Incluso con tanta gente y los mosquitos de la furia japonesa, llegamos hasta la cima del monte Inari. Las vistas no son nada especiales porque está lleno de templetes, pero la satisfacción de haber llegado hasta arriba del todo es enorme. Después iniciamos el camino de vuelta y en uno de los puestecitos del final nos comimos el mejor bun de la historia con una cervecita fresquita. No sé si era el cansancio, el momento y el encanto pero nos supo a gloria. También el ramen de después en Musho shin. Podría vivir a base de ramen día sí y día también.

Otro imprescindible por las vistas es Kiyomizudera, aunque sigue tapado por las obras, sigue mereciendo la pena. Como nos acercamos por la tarde, fuimos descendiendo al cementerio que se extendía a los pies del templo. Prácticamente solos con los cuervos como banda sonora vimos el sol ponerse. Uno de los atardeceres más bonitos que he tenido la suerte de vivir.

Y aunque también tenía muchas ganas de visitar el bambusal de Arashiyama, fue una pequeña decepción (de hecho es más vistoso y menos concurrido el del Jardín Majorelle en Marruecos). Es de estos sitios que todo el mundo considera imprescindible, pero al final estaba tan extremadamente masificado y al no ser tan grande, nos pareció que no merecía la pena acercarse hasta allí.

Kinkakuji, el famoso templo de oro, me pareció una maravilla. Masificadísimo eso sí, la experiencia no fue tan romántica como me imaginaba, pero aún así resulta irreal pensar que está completamente cubierto de oro y ver cómo se refleja en el agua.

Pero sin duda, lo más especial, fue visitar el barrio de Kitano que vimos de paso mientras íbamos al Tenmangu Shrine. Tiendas de toda la vida, prácticamente sin turistas. La visión menos turística de una ciudad tan importante como Kioto. Me hubiese gustado tener más tiempo para perderme por sus calles. Después más templos, Sakyo-ku y Kawaramarachi. Todos son muy parecidos pero muy distintos.

Kioto no fue el destino que más me maravilló de todo el viaje - las expectativas excesivamente altas nunca son buenas - pero sin duda mereció la pena. Solo que la próxima vez trataré de huir de lo turístico y perderme con los locales.

A veces deseo muy fuerte que existiese una máquina del tiempo, para volver a esos momentos. El otro día hablaba con mi chico en lo rápido que se pasa todo, sobre todo cuando estás muy feliz en un sitio. ¿Qué son dos semanas de tu vida en Japón?, le pregunté. Solo un parpadeo, una gota de agua en el océano. Apenas un 0,2% de mi vida. Tengo que subir ese ratio. ¿Qué tal un par de puntos porcentuales?



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