Itsukushima, Japón

Excursión a Miyajima

27.12.18

Mientras nos acercabamos en el ferry a la isla de Miyajima, lloré un poquito. La emoción que sentí por estar allí es indescriptible. Me parecía mentira cumplir un sueño de muchos años, estar al otro lado del mundo, contemplando el famoso torii que tanto había visto en fotos, por fin en persona. Y compartir ese momento con mi persona favorita. ¿No es increíble ser capaz de viajar literalmente a la otra punta de la Tierra? A mi me estalla la cabeza solo de pensarlo. Algo que damos por sentado y que sin embargo en tiempos de mis abuelos era algo inimaginable.

Siempre me pasa cuando hago un viaje largo. Te levantas de tu cama, te metes en un cubículo durante 14 horas y apareces en un sitio nuevo. A tu mente no le ha dado tiempo a adaptarse. Cuando vas en coche o tren sí, porque es más lento y vas viendo cómo cambia el paisaje. De acuerdo, el paisaje también cambia desde el avión, pero quizá lo notas menos. Y si hay muchas nubes o te duermes, la sensación es mucho más fuerte.


Miyajima isla mijayima isla mijayima

Tenía muchas ganas de explorar cada rincón y como la isla da para mucho, decidimos subir en teleférico hasta la estación Shishiiwa para llegar al mirador que hay en el monte Misen. Los cuarenta minutos que se tarda en llegar merecen muchísimo la pena. La vista es sencillamente espectacular. Parece un croma, pero no.

Unas cuantas fotos después, en analógico y digital, bajamos durante hora y media andando hasta el templo Daishō-in, uno de los más bonitos en mi opinión.

isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima isla mijayima En algunos templos me llamaron mucho la atención unas pequeñas estatuas con gorritos y baberos. Son una representación del bodhisattva Jizō Bosatsu, que es el guardián de los niños y la maternidad. Según pude leer, es habitual que los padres que han perdido un hijo, dejen una estatua en el templo para que Jizō cuide sus almas. Se cree que aquellos que no han podido nacer o han muerto prematuramente caen condenados al cauce seco del río Sanzu, desde el que se cruza a la otra vida, porque no han acumulado buenas acciones para estar al otro lado. Allí los niños apilan montones de piedras para pedir la compasión de Buda, pero por la noche los demonios que abundan allí destrozan sus montoncitos y los asustan. Jizō les ayuda a enfrentarse a los malos espíritus, los esconde bajo sus mangas y los ayuda a cruzar el río.

También vi otros muchos Jizō versión adulta, a los que se les suele atar una cuerda o capa cuando se hace una plegaria. Cuando se cumple el deseo, se tiene la obligación de cortarla. Pero si a final de año queda alguna sin quitar, el monje del templo las corta todas. 

Me llama muchísimo la atención todas las representaciones religiosas budistas y me parece interesantísimo la devoción que hay en general, incluso entre gente jóven. Los templos son un auténtico remanso de paz donde yo me podría pasar las horas.

Tanto andar da muchísima hambre y aunque las ostras son muy típicas de la zona, nos comimos unos udon con ternera muy cerca del santuario Itsukushima que nos supieron a auténtica gloria. No recuerdo el nombre  del sitio pero han sido de los mejores de mi vida.  Solo tenían tres platos en la carta, pero si alguna vez volvemos a Miyajima, repetimos seguro.

Las callecitas de la isla, sobre todo las que tenían casitas, me recordaban mucho a los capítulos de Doraemon. Mientras paseábamos y hacíamos mil fotos, nos prometimos dormir allí la próxima vez porque debe ser precioso ver el amanecer.

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P.D. El resto de días que pasamos en Hiroshima

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