2018 ha sido un año muy viajero. Pero también un año de viajar hacia adentro, de enfrentarse a distintas situaciones y aprender a aceptar. De conocerme y comprenderme. No quiero profundizar mucho más, pero tal y como dije el año pasado, siempre hay momentos buenos y otros peores. Pero claro está, solo se cuentan los buenos y esto aunque es muy evidente a veces hay que hacer un esfuerzo por recordarlo y ver con perspectiva.

Sin querer ponerme muy filosófica y dado que esto es un blog de viajes, hago balance viajero y puedo decir he cumplido unos cuantos sueños turísticos.

El año comenzó con una escapada exprés a Málaga y qué bien se está en el sur.  Pasamos un fin de semana de bodegas y buena comida con amigos y en Semana Santa volvimos a Marvão, mi pueblito favorito de Portugal.

En Mayo fuimos de boda a Valencia y redescubrimos la ciudad, que por cierto, es muy bonica.  Por el puente viajamos a Múnich y Salzburgo, y por mi cumple mi persona favorita me regaló un fin de semana en Marte.

El verano tuvo sierra con una boda cerca de El Paular y también arena y mar en donde la más grande. También un paseo por Portugal desde Serpa hasta Lisboa.

En septiembre tachamos de la lista Patones y en Octubre volvimos a China, solo 144 horas, pero que me recordaron lo mucho que me gusta la cultura asiática. Pude cumplir mi sueño de viajar a Japón. Sin duda el gran viaje del año y que repetiría con los ojos cerrados.

Y para terminar, otro sueño viajero: Marrakech. Poder tomar el sol en una terraza en manga corta en pleno diciembre es mágico. Yo volví enamorada de la ciudad y con ganas de conocer más Marruecos.

Despido el año con la ilusión del nuevo año que comienza, con ganas de ver qué tiene el año preparado, qué viajes y sobre todo, qué aprendizajes.

Hola 2019.

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Mientras nos acercábamos en el ferry a la isla de Miyajima, lloré un poquito. La emoción que sentí por estar allí es indescriptible. Me parecía mentira cumplir un sueño de muchos años, estar al otro lado del mundo, contemplando el famoso torii que tanto había visto en fotos, por fin en persona. Y compartir ese momento con mi persona favorita. ¿No es increíble ser capaz de viajar literalmente a la otra punta de la Tierra? A mi me estalla la cabeza solo de pensarlo. Algo que damos por sentado y que sin embargo en tiempos de mis abuelos era algo inimaginable.

Siempre me pasa cuando hago un viaje largo. Te levantas de tu cama, te metes en un cubículo durante 14 horas y apareces en un sitio nuevo. A tu mente no le ha dado tiempo a adaptarse. Cuando vas en coche o tren sí, porque es más lento y vas viendo cómo cambia el paisaje. De acuerdo, el paisaje también cambia desde el avión, pero quizá lo notas menos. Y si hay muchas nubes o te duermes, la sensación es mucho más fuerte.


Tenía muchas ganas de explorar cada rincón y como la isla da para mucho, decidimos subir en teleférico hasta la estación Shishiiwa para llegar al mirador que hay en el monte Misen. Los cuarenta minutos que se tarda en llegar merecen muchísimo la pena. La vista es sencillamente espectacular. Parece un croma, pero no.

Unas cuantas fotos después, en analógico y digital, bajamos durante hora y media andando hasta el templo Daishō-in, uno de los más bonitos en mi opinión.
En algunos templos me llamaron mucho la atención unas pequeñas estatuas con gorritos y baberos. Son una representación del bodhisattva Jizō Bosatsu, que es el guardián de los niños y la maternidad. Según pude leer, es habitual que los padres que han perdido un hijo, dejen una estatua en el templo para que Jizō cuide sus almas. Se cree que aquellos que no han podido nacer o han muerto prematuramente caen condenados al cauce seco del río Sanzu, desde el que se cruza a la otra vida, porque no han acumulado buenas acciones para estar al otro lado. Allí los niños apilan montones de piedras para pedir la compasión de Buda, pero por la noche los demonios que abundan allí destrozan sus montoncitos y los asustan. Jizō les ayuda a enfrentarse a los malos espíritus, los esconde bajo sus mangas y los ayuda a cruzar el río.

También vi otros muchos Jizō versión adulta, a los que se les suele atar una cuerda o capa cuando se hace una plegaria. Cuando se cumple el deseo, se tiene la obligación de cortarla. Pero si a final de año queda alguna sin quitar, el monje del templo las corta todas. 

Me llama muchísimo la atención todas las representaciones religiosas budistas y me parece interesantísimo la devoción que hay en general, incluso entre gente jóven. Los templos son un auténtico remanso de paz donde yo me podría pasar las horas.

Tanto andar da muchísima hambre y aunque las ostras son muy típicas de la zona, nos comimos unos udon con ternera muy cerca del santuario Itsukushima que nos supieron a auténtica gloria. No recuerdo el nombre  del sitio pero han sido de los mejores de mi vida.  Solo tenían tres platos en la carta, pero si alguna vez volvemos a Miyajima, repetimos seguro.

Las callecitas de la isla, sobre todo las que tenían casitas, me recordaban mucho a los capítulos de Doraemon. Mientras paseábamos y hacíamos mil fotos, nos prometimos dormir allí la próxima vez porque debe ser precioso ver el amanecer.

P.D. El resto de días que pasamos en Hiroshima


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Las 144 horas en Suzhou se pasaron en un santiamén y cuando quisimos darnos cuenta ya estábamos cogiendo un vuelo de China Eastern con destino a Hiroshima.  El vuelo se me pasó muy rápido y además para mi sorpresa, la cena estaba bastante rica. Y así, de repente, estábamos en Japón. El viaje con el que llevaba tanto tiempo soñando. Tuve una sensación de extrañeza que solo sientes cuando deseas algo muchísimo y por fin llega y casi tienes que pellizcarte para ser consciente de que no estás soñando.

Enseguida me di cuenta de lo detallistas que son los japoneses para todo. Mientras rellenábamos la documentación de entrada para el visado, me llamó la atención que en las repisas que tenían con los papeles y bolis, tenían también gafas de cerca de distintas graduaciones. Yo estaba alucinando.
El personal fue muy amable y por fin, con nuestro sello de visado para 90 días, nos disponíamos a coger el bus al centro.

Consejo importante: llevar algo de efectivo de antemano. Como eran más de las 8 de la tarde el cajero automático estaba cerrado, así que después de un par de vueltas por las tiendas del aeropuerto conseguimos encontrar uno donde sacar dinero.

Resuelto el problema cogimos el autobús al centro. Entendiendo como podíamos, subimos al bus y nos indicaron que fuesemos al fondo, pero no había ningún sitio libre así que nos dimos la vuelta para esperarnos al próximo. Siguiente sorpresa, cuando va lleno se abre otro asiento en el pasillo que tiene hasta cinturón y todo. No me había sentido tan paleta en mi vida. Pero recuerdo con mucho cariño a todos los japoneses que como pudieron nos indicaron donde estaba el cinturón y cómo se sacaba el respaldo.

Por fin llegamos a la estación de autobuses de Hiroshima y aunque pensabamos que llegaríamos fácilmente al hotel, nos costó un poco. Si volviese a repetir el viaje, cogería el wifi en el aeropuerto porque sin Google Maps allí no eres nadie.

Después de tanto ajetreo lo único que nos apetecía era irnos a dormir, así que compramos algunos sandwiches del súper y nos acostamos pronto.

Sábado, 13 de octubre.

Primer día de turismo japonés. Nos arreglamos y salimos a la calle. Rápidamente me doy cuenta que todo es muy, muy bonito. Al menos a mí me lo parece. Las calles, los edificios, hasta los caóticos cables enredados por fuera me parecen encantadores y un poco fuera de lugar en un país tan moderno.  Incluso las máquinas de vending son preciosas, por no hablar de las bebidas y sus envases. ¿Cómo puedes resistirte a tomarte un zumo de Pikachu? Aunque supiese a rayos yo quería probarlo.

Nos acercamos al primer Starbucks que encontramos, apuesta segura. Los baristas fueron majísimos y hasta nos escribieron nuestro nombre en japonés. Y lo mejor, tenían scone de matcha, que fue una auténtica adicción durante todo el viaje. Ahora lo echo mucho de menos porque aunque era bastante denso estaba riquísimo.

Tras coger fuerzas nos acercamos al Castillo de Hiroshima que también visitamos por dentro. La verdad es que los castillos japoneses son mucho más bonitos desde fuera, pero al ser el primero, queríamos disfrutar de las vistas desde allí.
En la mayoría de los monumentos puedes llevarte de recuerdo un sello, así que yo aproveché un cuaderno que llevaba encima para comenzar a coleccionarlos. En total me llevé 41 y como aun me sobran páginas del cuaderno, he decidido guardarlo para la próxima vez que visitemos Japón.

Otra cosa muy típica para coleccionar y que es totalmente adictivo son las predicciones de la fortuna. Se tratan de unos papelitos que te dicen qué suerte vas a tener en general y cómo te va a ir en algunos aspectos. En muchos templos estos papelitos vienen dentro de un animal de cerámica representativo del templo y honestamente, ¿quién se puede resistir? ¿conocer el futuro y además coleccionar figuritas que quedan ideales en casa? claro que sí.  En Gokoku mi predicción de fortuna fue excelente, aunque me aconsejaba que fuese paciente con la petición matrimonial o si no, no me caso en la vida. Ok, si la carpa lo dice será verdad.
Cuando la predicción es buena tienes que guardarla en la cartera y llevarla contigo. Y si es mala se tiene que colgar en una zona que tienen preparada y luego los monjes lo queman para liberarte de la mala suerte. Reconozco que el sistema me gusta.

Por supuesto que cuando uno está en Hiroshima ha de conocer la parte más triste de la ciudad. La cúpula de la bomba atómica es un lugar sobrecogedor. Es muy dificil expresar con palabras todo lo que se te remueve por dentro. El ver las fotografías que hay por allí donde se muestra como quedó todo asolado, reducido a polvo. Pensar en todos los que allí murieron y cómo esa cúpula te recuerda todo aquello que una vez fue, la brutalidad de lo que ocurrió. Es tremendo.
Cuando ves todo reconstruido no tomas conciencia, pero el haber dejado el edificio en pie te hace pensar mucho. Y creo que es bueno visitarlo, para recordar todo lo que no queremos que vuelva a ocurrir.

Pero a pesar de ese pasado, Hiroshima es una ciudad vibrante, cálida y acogedora. No es una ciudad triste, o al menos a mí no me lo pareció. Su gente fue la más amable de todo el viaje sin duda. No sé si tiene relación o no, pero sí que me llamó la atención, sobre todo comparando con Tokio, donde quizá el turismo masivo hace que sean menos agradables.


Hiroshima

Lunes 15 de octubre.

Decidimos tomarnos el día con calma después de recorrer el domingo la isla de Miyajima (que contaré próximamente).

Aprovechamos la mañana para visitar el jardín Shukkeien, que al ser de pago es bastante tranquilo y merece mucho la pena. En los parques japoneses suelen vender comida para las carpas y me parece una iniciativa genial porque además de entretenida es terapéutica. Eso sí, debe llevar algo ilegal seguro, porque a las carpas solo les falta salir del agua, darte un bofetón y robarte la comida de la mano. Estoy segura de que si me llego a caer al agua, me comen.

La mañana se pasó rapidísimo y esa misma tarde cogimos el Shinkansen a nuestro siguiente destino: Osaka.

Hiroshima es una ciudad que me gustó muchísimo y totalmente recomendable. Quizá no es el destino que uno se plantea visitar en un primer viaje a Japón, o al menos pasar noche, pero creo que merece muchísimo la pena. Yo al menos guardo muy buen recuerdo.


P.D.: Algunas cosas que me han sorprendido de Japón.

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