Lisboa, Portugal

Azulejos y cuestas en Lisboa

13.11.15


Aunque el verano queda ya bastante lejos, tenía pendiente contar nuestra visita a la ciudad de los azulejos. Aprovechando nuestro periplo por el Algarve, decidimos hacer unos cuantos kilómetros más y volver a visitar Lisboa.

Para mi Lisboa es decadencia y encanto a la vez, me tiene totalmente enamorada y si tuviese que elegir otra ciudad en la que vivir, sería ella sin duda. Tiene todo lo necesario: bonitismo por doquier, cuestas para mantenerse en forma, tranvías, restaurantes de moda, la playa relativamente cerca y muchos pueblitos de cuento a los alrededores. Además, los portugueses son encantadores y me encanta ese ritmo tan tranquilo que parece regirlo todo.

Aunque todo lo que se puede aprender de una ciudad está en las guías de viaje,  no puedo dejar de recomendar hacer una excursión guiada, porque se aprende un montón y se mira con otros ojos.

Nosotros decidimos coger una en esta ocasión y no nos defraudó. Nuestra ruta comenzó en la plaza de Pedro IV, más conocida como la de Rossio y después nos perdimos por la Mouraria. Esta zona toma su nombre porque D. Alfonso Henriques (Alfonso I de Portugal) tras la reconquista de Lisboa, decidió que los moros debían estar en esa zona de la ciudad.

Aprendimos muchas cosas, entre otras que el símbolo de la ciudad es un barco con dos cuervos enfrentados porque, según la tradición, dos cuervos permanecieron junto a los restos de San Vicente cuando estos fueron trasladados a Lisboa desde el Cabo San Vicente. Una vez que te lo cuentan te percatas que está en todos los lados: en el suelo,  en las fachadas, en las farolas...

También volvimos a los que en mi opinión son los barrios con más encanto y caracter de la ciudad: Alfama y Chiado. Imprescindible perderse por sus calles y dejarse llevar. Todo es tan instagrameable que no puedes para de hacer fotos.


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Para comer fuimos a algunos sitios que teníamos en la lista como Casa do Alentejo, que por fuera parece un lugar sin más, pero que cuando entras parece que estás en Al-Andalus y a Pharmacia, un restaurante dentro del Museo de la Farmacia, con una decoración de carácter farmacéutico donde los cócteles tienen nombres como ibuprofeno, omeprazol o paracetamol.

Volvimos a repetir en Sol e Pesca porque sueño con el paté de sardinhas desde 2012. El concepto es bastante sencillo: eliges qué lata de conservas quieres tomar, eliges la bebida y te lo preparan en un santiamén con tu pan. También puedes comprarlas para llevar, yo hice acopio de unas cuantas latas de Minerva porque no hay manera de encontrarlas en Madrid.

También probamos cosas típicas como el bollo preñado de chorizo en Casa Brasileira, un licor a base de guindas (muy parecido al pacharán) en A Gingjinha y unas croquetas rellenas de queso que son realmente adictivas en Queijo da Serra.


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Lo que más me gusta de Lisboa es que tiene tranvía y sobre todo montarme en el 28, que recorre los lugares más emblemáticos. Me encanta sentarme al lado de la ventana, sentir la brisa y observar los edificios decorados con los preciosos azulejos.

También las vistas desde los miradores. Uno de mis preferidos es el de Santa Justa. Solo cuesta dos euros subir y la panorámica merece muchísimo la pena.

Lisboa es una ciudad que enamora. El bullicio puede ser un poco agobiante a veces, pero te sientes como en casa, se come fenomenal y la mayoría de los edificios y restaurantes son muy Pinterest.


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P.S. Lisboa hace tres años y los imprescindibles de la ciudad.

Todas las fotos han sido realizadas con mi Canon EOS M3 y el objetivo 18-55mm

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