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Algo que me gusta mucho de las ciudades europeas es que la mayoría tienen su Versalles versión local.  También Berlin, con su preciosa Postdam. Está solo a cuarenta minutos en tren desde Alexanderplatz y es el contraste perfecto a la industrial Berlín.

En realidad Postdam tiene una historia que se extiende mucho más allá a los famosos intercambios de espías que tuvieron lugar en el puente Glienicke durante la Guerra Fría (como dato curioso el puente está pintado en distintas tonalidades de verde para recordar el paso fronterizo). 

La ciudad fue residencia de la familia Real Prusiana y la mayoría de los edificios fueron construídos durante el reinado de Federico el Grande, un rey particular y revolucionario en mi opinión. Dejando a un lado los temas puramente territoriales, era un adelantado y ya entendía de marketing. En una época de hambruna vió en las patatas la solución para el pueblo, pero la cuestión era el cómo convencerles. Para ello mandó plantarlas y custodiarlas por la guardia real, de forma que el pueblo las considerase algo de gran valor. Un día, con la excusa de necesitar soldados para una batalla, dejó los huertos sin vigilancia y al poco tiempo fueron asaltados. Fue tanto el impacto de esta campaña que a día de hoy aún se dejan patatas en su tumba.

En Sanssouci encontró la paz y tranquilidad que necesitaba, un lugar vetado a las mujeres y donde quería ser enterrado junto a sus perros. De hecho, ni siquiera su propia esposa podía ir. Tampoco es que hiciesen mucha vida marital: ella vivía en Berlín y se veían una vez al año.

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De Postdam no me gustó únicamente en palacio o los jardines, también la zona de los alrededores donde hay unas casitas de lo más pintorescas a las cuales no me importaría para nada mudarme y la zona del casco antiguo, que tenía un rollo muy holandés.


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Sin duda, una de las mejores excursiones que he hecho últimamente.
Potsdam, Alemania

Excursión a Postdam


Algo que me gusta mucho de las ciudades europeas es que la mayoría tienen su Versalles versión local.  También Berlin, con su preciosa Postdam. Está solo a cuarenta minutos en tren desde Alexanderplatz y es el contraste perfecto a la industrial Berlín.

En realidad Postdam tiene una historia que se extiende mucho más allá a los famosos intercambios de espías que tuvieron lugar en el puente Glienicke durante la Guerra Fría (como dato curioso el puente está pintado en distintas tonalidades de verde para recordar el paso fronterizo). 

La ciudad fue residencia de la familia Real Prusiana y la mayoría de los edificios fueron construídos durante el reinado de Federico el Grande, un rey particular y revolucionario en mi opinión. Dejando a un lado los temas puramente territoriales, era un adelantado y ya entendía de marketing. En una época de hambruna vió en las patatas la solución para el pueblo, pero la cuestión era el cómo convencerles. Para ello mandó plantarlas y custodiarlas por la guardia real, de forma que el pueblo las considerase algo de gran valor. Un día, con la excusa de necesitar soldados para una batalla, dejó los huertos sin vigilancia y al poco tiempo fueron asaltados. Fue tanto el impacto de esta campaña que a día de hoy aún se dejan patatas en su tumba.

En Sanssouci encontró la paz y tranquilidad que necesitaba, un lugar vetado a las mujeres y donde quería ser enterrado junto a sus perros. De hecho, ni siquiera su propia esposa podía ir. Tampoco es que hiciesen mucha vida marital: ella vivía en Berlín y se veían una vez al año.

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De Postdam no me gustó únicamente en palacio o los jardines, también la zona de los alrededores donde hay unas casitas de lo más pintorescas a las cuales no me importaría para nada mudarme y la zona del casco antiguo, que tenía un rollo muy holandés.


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Sin duda, una de las mejores excursiones que he hecho últimamente.
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