Tablas de Daimiel, España
18.2.19


Ayer por la tarde, mientras leía al sol en casa de mis padres, comencé a escuchar a las grullas que emigran al norte gruir y al verlas me acordé del sábado que fuimos a las Tablas de Daimiel.

Durante ese día pudimos ver muchísimas de ellas porque contratamos una excursión en Jeep con un ornitólogo que nos contó cosas muy curiosas, como que siempre siguen la misma ruta (se ha comprobado anillando con gps a algunas de ellas y nunca, nunca, confunden el camino porque son sensibles a los campos magnéticos); que vuelan a distinta altura en función de si pasan por zona de campo o ciudad; o que en realidad, se trata de un grullarcado, porque siempre son tres o cuatro hembras las que se turnan para dirigir la ruta.

Todo esto me hizo pensar en lo increíbles que son la naturaleza y los animales. En sus capacidades tan impresionantes y que ni siquiera nos paramos a reflexionar sobre ello normalmente. Al menos no hasta que tomas conciencia. ¿Un sentido magnético? A mí personalmente me cuesta hasta procesarlo pero me parece extremadamente curioso.

Gracias a que nuestro guía llevaba un catalejo pudimos verlas perfectamente a pesar de lo lejos que estaban. Durante la tarde iban de un sembrado a otro pero al atardecer iban a pasar la noche a las tablas. Nos escondimos en una caseta y desde ahi vimos cómo, mientras iba cambiando el color del cielo, iban llegando por grupos. Es algo que aunque intentes capturar en foto o en video, no recoge las sensaciones del momento. Nos volvemos locos con irnos la Cochinchina y aquí al lado tenemos estos espectáculos. Qué suerte tenemos. 



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Tokio, Japón
11.2.19


Algo que me fascina de Japón en general y de Tokio en particular, es que es el paraíso de la fotografía, especialmente la analógica.

En el barrio de Shinjuku hay mil tiendas en las que es posible encontrar prácticamente cualquier cosa. Todo el material está clasificado por calidad: desde la más básica para recambios de piezas hasta joyas prácticamente sin marcas de uso. Y  los precios son acorde a lo que te llevas.

Cuando estuvimos en el barrio de Shimokitazawa vi en una tienda de mil cosas de segunda mano una Olympus 35DC. Me pareció una cámara chulísima, pero estaba muy sucia y no pude probarla porque no encontré pilas en ninguna tienda cercana.

Al día siguiente nos acercamos a Shinjuku. Después de recorrer unas cuantas tiendas, por fin la encontramos. El vendedor nos dijo que tenía garantía de una semana, así que compramos unas pilas, cargamos la cámara, disparamos por el barrio y revelamos las fotos en una hora.

Me encantó el resultado, aunque tengo que mejorar el enfoque. Desde que la he traído, la estoy usando muchísimo. La mejor compra de todo el viaje.

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Marrakech, Marruecos
4.2.19


Marrakech es caótica, desordenada y algo sucia. Pero también misteriosa, sorprendente, maravillosa, con ese encanto decadente que tienen las paredes desconchadas. Una explosión para los sentidos: colores, olores y sonidos. De las fachadas, las alfombras, las especias; de los encantadores de serpientes, de los vendedores hablándote en cualquier idioma - hola, bonjour, hallo - y del imán llamando al rezo. Es un viaje al pasado, como una especie de lobotomía que te saca de la rutina y tu zona de confort. Que saca lo peor de ti o te enamora perdidamente para siempre. Es increíble como cogiendo un vuelo de apenas dos horas llegas un mundo totalmente distinto y puedes salir tanto de la rutina.

Durante el pasado puente de diciembre, después de tanto tiempo queriendo ir, tachamos de la lista visitar Marrakech. Era mi primera vez en un país africano y volví tan enamorada que solo pienso en volver y conocer el país a fondo.

Tras aterrizar en el aeropuerto de Menara y pasar el control, por fin salimos a la calle para encontrarnos con nuestro conductor que nos llevaría al riad donde nos alojabamos.
Mientras nos íbamos acercando a la medina, con esa luz tan especial que tiene la ciudad, se me removió algo por dentro, una sensación extrañísima. De irrealidad, de sueño, de película. Era demasiado exótica, bonita, interesante y abrumadora para ser verdad. Una sensación que solo he tenido cuando llegamos a Pekín y que me cuesta mucho explicar.

Nos alojamos en el Riad Up, regentado por Elsa, una mallorquina que lleva años viviendo en la ciudad y que nos hizo estar como en casa. Los riad son casas reconvertidas en hoteles con varias habitaciones en torno a un patio precioso con piscina. No puedo recomendar más el nuestro: la habitación era comodísima y muy silenciosa, el desayuno casero y riquísimo y la gatita Tutsi un auténtico amor que no podía dejar de acariciar y fotografiar; y además, estábamos muy cerca de la plaza Jamaa el Fna por lo que por la noche llegábamos enseguida.

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Sobre el alojamiento: aunque existen opciones de hoteles, recomiendo muchísimo quedarse dentro de la medina, sobre todo en un riad porque tiene todas las comodidades pero en un ambiente mucho más íntimo y cercano. La ciudad está llena de ellos y hay opciones para todos los gustos.

Tras charlar un rato con Elsa, decidimos salir a explorar la ciudad comenzando por la Plaza Jamaa El Fna, que hay que conocer tanto de día como de noche. Durante el día está llena de puestecitos de frutas y objetos decorativos, encantadores de serpientes y mujeres que ofrecen hacerte un tatuaje de henna a cambio de unos dirhams. Por la noche el escenario cambia y es lugar de reunión de muchos lugareños, se montan cientos de puestos de comida que dan lugar a una mezcla increíble de olores y sonidos, con un humillo que lo inunda todo. Merece la pena sentarse en una de las terrazas que dan a la plaza y tomar un té a la menta al atardecer. Recomiendo Le Grand Balcon du Glacier por la vistas (aunque el té estaba regulero) y el Zeitoun Café para tomar un zumo de frutas a media tarde mientras el sol te acaricia.

Después fuimos a comer a Nomad, un restaurante frecuentado por occidentales pero que ofrece comida marroquí en su terraza que es una auténtica delicia. Recomendable 100%.

Por la tarde nos perdimos por la medina, que para mi es la parte que más encanto tiene del viaje. Allí puedes encontrar cualquier cosa que imagines: especias; bolsos, cinturones, zapatos de piel; mil cosas de mimbre; zuecos, cerrajería, adornos, espejos, carteles, alfombras… no hay nada que no puedas encontrar. Hay auténticos tesoros a precios de risa. Eso sí, hay que ir preparado para regatear. Para ellos es lo habitual, pero creo que hay que llevar una actitud de pagar lo que crees que es justo. Los precios de por sí ya son ajustados y no consiste en ser más que nadie y conseguirlo todo extremadamente barato, porque muchas cosas al cambio ya lo son. Por supuesto que siempre se llevan un margen, pero para lo que ti son 3 o 4 euros, para ellos marca mucho la diferencia.

En ese deambular, encontramos de casualidad un jardín precioso donde era posible tomar algo. Se llamaba Le Jardin Secret y me gustó que no estaba especialmente concurrido. Me encantan este tipo de descubrimientos. No hay nada como perderse para encontrar cosas inesperadas.

Sobre orientarse: mi consejo principal es aprenderse el camino de vuelta al riad desde la plaza principal. Al principio parece complicado moverse, pero enseguida consigues orientarte, sobre todo si te fijas como referencia la Kutubía. Su laberíntica medina puede intimidar, pero siempre todas las calles terminan llevándote a la Plaza Jamaa el Fna.

Sobre la seguridad: Marruecos es una ciudad totalmente segura. Yo no me sentí incómoda ni con miedo en ningún momento, tampoco sentí que me fuesen a robar a pesar de llevar una cámara de fotos llamativa. Los marraquechíes son gente amable y dispuesta a ayudar. Solo se dirigirán a ti para venderte algo o ayudarte si te ven perdido o indicarte si vas a pasar delante de una zona donde ha comenzado el rezo.
Lo único a lo que hay que prestar especial atención es a las motos: van por las callejuelas de la medina a toda velocidad, por lo que es importante ir lo más pegado posible a la pared si no quieres que te atropellen o llevarte un mal golpe.

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Con el objetivo de conocer mejor Marrakech y su historia, al día siguiente hicimos un tour andando de cuatro horas, en el que aprendimos muchísimas cosas, como por qué los no creyentes no pueden visitar las mezquitas, por qué las casas son tan bajas, la razón por la que hay tantos gatos en la calle y por qué la ciudad es de color ocre. Durante el paseo pudimos entrar al Palacio de la Bahía - que me encantó y me hubiese gustado visitar con más tranquilidad - y visitamos las tumbas saadies, que también me parecieron impresionantes.

Como único punto negativo, al final de la visita estuvimos en una tienda de especias durante casi una hora donde nos estuvieron enseñando mil y un remedios tradicionales (para después vendérnoslos claro). Me llevé unas cuantas cosas, como el famoso pintalabios que cambia de color según tu labio (que según he podido leer después no es tan marroquí), unas pastillas ambientadoras para el armario y aceite de esencial de flor de naranjo para dormir mejor - que no se si será todo psicológico, pero desde que lo estoy usando consigo conciliar mejor el sueño.

Después comimos algo rápido y nos dirigimos a la siguiente actividad que teníamos programada: un paseo en quad por las afueras de la ciudad. La verdad es que fue una experiencia muy diferente y divertidísima. Aunque pensaba coger un rato el quad, finalmente solo fui de paquete porque la dirección estaba muy dura y no me atreví. Pero disfruté muchísimo del paisaje, saludando a todos los niños con los que nos cruzábamos y hasta rescatando una cabrita bebé que se había separado del rebaño: me bajé del quad y la cogí para llevársela al pastor porque me daba miedo que otro quad la pudiese atropellar. Parecerá una tontería, pero para alguien que vive de su rebaño, perder un animal supone mucho. Me hubiese gustado llevarme la cabrita conmigo a casa, pero creo que no me la hubiesen aceptado como equipaje de mano.
Terminamos la excursión llenos de polvo hasta las cejas, así que volvimos al riad y después de una buena ducha y relajarnos un poco, fuimos a cenar.

Dónde comer: hay mil opciones donde poder tomar algo, desde los puestecitos callejeros, pasando por los restaurantes típicos (que son realmente económicos) hasta los más chic con dj en directo. Me gustó especialmente Nomad, la Terrasse des Espices y Les Gazelles; que son sitios muy conocidos y donde se come fenomenal. Aunque ofrecen opciones occidentales recomiendo encarecidamente probar la comida marroquí: es muy especiada y sabrosa y todo está buenísimo. Echo muchísimo de menos los tajines porque estaban de muerte.
También recomiendo Toubkal, en la plaza principal, súper auténtico, frecuentado por locales y con unos precios de risa. Son un poco lentos, pero la comida merece mucho la pena.

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El sábado nos levantamos tempranísimo porque habíamos quedado a las 7 de la mañana para hacer una excursión a Ait-Ben-Haddou y Ourzazate. Aunque el recorrido me pareció una pasada por los paisajes y la kasbah, no lo recomiendo para un viaje tan corto en Marrakech. Lo que se suponía que eran 2 horas de trayecto fueron en realidad casi 4 de ida y otras tantas de vuelta porque las carreteras estaban todas en obras, con muchísimos baches y además hicimos mil paradas hasta llegar al sitio, porque aunque se suponía que las vistas desde esos puntos merecían la pena, también estaban llenas de puestos donde llevarse un recuerdo del Atlas como minerales o artesanía.
Al final llegamos a las 9 de la noche a la ciudad y no pudimos ir al hamman, que era una de las actividades que nos apetecía hacer. No digo que no merezca conocer esta cara de Marruecos, simplemente que si repitiese el viaje o tuviera que recomendarlo para un fin de semana, no elegiría esta excursión.

Sobre los baños: hay que ir con el corazón abierto en algunos sitios. Y digo esto porque durante una de las paradas de la excursión, una de las chicas del grupo se sorprendió de que el baño fuese una letrina (de cerámica) y que por cadena hubiese en realidad un grifo y un cubo que llenas una vez que terminas. A mi la situación me pareció divertida, al fin y al cabo no estás en un escenario de Aladdin, pero creo que hay que ser consciente de dónde se está y no ser remilgado. Que en peores plazas hemos toreao.

El último día fuimos a visitar el Jardin Majorelle, antigua casa de Yves Saint Laurent. Aunque me pareció una auténtica pasada, estaba tan masificado de gente que desmereció totalmente la visita. Supongo que es lo que ocurre cuando visitas un lugar en puente y domingo. Si alguna vez tenemos ocasión de volver, intentaremos visitarlo a primerísima hora de la mañana y un día entre semana. Aun así me gustó muchísimo pasear por los jardines y soñé con tener algún día una casita pintada de ese color azul tan precioso.

Antes de coger el vuelo de vuelta, nos volvimos a perder por la medina, compré unas babuchas y desee llevarme medio zoco porque todo me parecía ideal para casa. Pero no facturábamos, así que me tocará volver con una maleta más grande, espero, pronto...

Marrakech me ha robado el corazón. Solo fueron cuatro días, pero suficientes para enamorarme de sus colores, su luz y su comida. Ya estoy deseando volver.

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